Buscando un espacio desde dónde abordar la violencia, la masculinidad y el género, Matías de Stéfano Barbero, antropólogo, se acercó a la “Asociación Pablo Besson” en Buenos Aires. Buscaba estudiar la temática de la violencia para su tesis doctoral. Luego de un largo transitar escuchando a los grupos de hombres que llegaban derivados por orden judicial, finalizó su libro que pronto se publicará con la Editorial Galerna: “Masculinidades (im)posibles. Violencia y género, entre el poder y la vulnerabilidad”.

A la Asociación Pablo Besson, dirigida por Malena Manzato, llegan hombres que han ejercido la violencia de género, derivados por los juzgados. Muy pocos llegan por voluntad propia o derivados por centros religiosos o de salud. Para ser admitidos deben participar de una serie de entrevistas y esperar que se abra alguna vacante. “Nosotros trabajamos con grupo abierto, eso quiere decir que cuando llega un caso, si hay cupo en un grupo que ya viene trabajando ingresa igual”, explica el antropólogo a LA GACETA.

En Argentina hay 60 centros que abordan la problemática de la violencia de género con los varones. “Tenemos una larga lista de espera” dicen en la Asociación Besson y agregan: “y hay situaciones urgentes que no pueden esperar”.

Los grupos de varones que trabajan sobre su propia masculinidad, la cuestionan y buscan relacionarse a partir de estos nuevos cambios de paradigmas, están creciendo pero son pocos. “Son 60 centros en un país de 45 millones de habitantes. La mayoría está en los núcleos urbanos y, aunque cada vez hay más políticas públicas al respecto, sigue siendo poco porque la alternativa es trabajar esto a modo de prevención, o el enfoque punitivista”.

- ¿Cómo se aborda el tema de la violencia en los grupos de trabajo?

Todo comienza con una pregunta que puede ser: “¿qué tal la semana?”. A partir de ahí comienza a circular la palabra y la experiencia de lo que haya sucedido. Ahí, el equipo de coordinación, que son siempre dos profesionales, va trabajando y anudando la experiencia.

Lo que observamos ahí es que muchas veces la violencia sucede cuando no se habla con la pareja sobre lo que pasa, es decir, son cuestiones silenciadas. Pero la sociedad ha cambiado y lo que consideramos violencia también.

Los varones no quieren tener el estigma de ser violentos, callan y eso juega en detrimento de poder elaborar los vínculos y reflexionar sobre por qué se llega a la violencia. En los grupos se repite esto de que los varones dicen: “Nunca conté esto”. Entonces comenzamos a pensar qué les va pasando con sus emociones, a intentar reconocerlas, trabajarlas y eso es el primer y gran paso. Más adelante ya cuentan que se pudieron sentar y hablar bien sobre lo que les pasaba con sus parejas y van pudiendo elaborar el conflicto para que no surja la violencia.

- ¿Y cuáles son las emociones que surgen más seguido?

Los celos y la situación económica que se vive en este contexto actual ocupan mucho de las preocupaciones. Los varones tienen el mandato de que deben ser proveedores, que deben tener respuesta a todo y control de las situaciones. Y eso es muy difícil en determinados contextos, entonces se genera malestar.

Para algunos varones que la mujer deba salir a trabajar es un conflicto porque lo ven como una frustración o dolor por no haber podido cumplir con su rol de proveedor. El mandato ese, para el hombre, es muy rígido todavía porque creen que deben ocupar el lugar de poderoso, de que tiene todo bajo control.

En los encuentros no nos encontramos siempre con esa imagen de hombre violento que tenemos en la cabeza: ese sujeto poderoso. Al contrario, hay más varones vulnerables, que también sufren y hacen sufrir – una cosa no quita la otra-. Es curioso eso cuando uno comienza a trabajar con este tema.

- ¿Qué sensación te surgió al trabajar con hombres que han ejercido violencia con sus parejas?

El libro que está editándose deja una sensación de esperanza. Contiene historias de vida muy duras, habla sobre el dolor y la violencia. Lo que sucede es que cuando uno se acerca a esas historias de vida, es difícil construir la radicalidad de la violencia que es del otro y no de uno. La violencia es algo que nos atraviesa a todas las personas. Tiene que ver con determinados vínculos, con gestión de lo que nos pasa y posiciones que van cambiando a lo largo de la vida.

Yo pienso todo esto como un proceso de cambio en el que estamos todos, a nivel social. Para muchos de estos hombres, el ejercicio de violencia es un episodio dentro de una historia. Porque están en el lugar de quien ejerció el daño pero también es gente lo sufrió. Muchos de ellos, y no quiero decir con esto que es una relación causal, vieron a sus padres golpear a sus madres, sufrieron violencia en su familia y eso, más que hacernos señalar con el dedo, es algo integral. La violencia no es estática, no siempre te encuentra en la misma posición y atraviesa toda tu vida.

- ¿Cómo estamos en Argentina con respecto a las políticas públicas relacionadas con los varones?

La propuesta debe ser desde una mirada profunda e integral. Que las políticas públicas dialoguen entre sí, que compartan formas de actuar y pensar la violencia para que no se reduzca solo a lo punitivo.

No quiero decir con esto que no haya que pagar si ejerciste un daño, pero la violencia tiene que ver con nosotros, no hay que ponerla solo en el otro, siempre en lo ajeno. Al violento lo construimos como un sujeto extraño y monstruoso y eso es el caldo de cultivo con el cual se alimenta lo punitivo cuando, en realidad, hay un trabajo cultural de fondo que hacer, con prevención.

- ¿Qué se necesita tener en cuenta para trabajar con varones violentos?

No hay recetas y cada espacio tiene sus particularidades y depende de cómo se conformen los equipos. Sí hay algunas cosas en común, como que en los grupos se da una confrontación terapéutica y los coordinadores no están ahí para juzgar. No somos jueces ni agentes de la justicia. A veces los hombres, que llegan desinformados sobre los procesos judiciales, creen que al reconocer la violencia lo están haciendo ante la Justicia cuando en realidad, nuestro objetivo es alojarlos en su vulnerabilidad, malestar, afectivamente y abordar eso. No desde un lugar victimista, sino de confrontación como primer paso de transformación.

La escucha también es importante, sin dar una “bajada de línea”. Es poder escuchar y alojar al otro con todo lo que tiene. A los profesionales, eso nos genera contradicciones a veces con sentimientos de injusticia. Pero también hay que trabajar en eso para poder acompañar ese proceso para que se pueda resolver la situación.

Por último, una de las coordinadoras de los espacios repetía: “No estamos ni para que las parejas sigan juntas ni para que se separen. No somos asesores de pareja, trabajamos sobre la subjetividad y pensando que la transformación subjetiva es posible además de deseable”.

IMAGEN DE Agustina Salas para Revista Cítrica.